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Crónica del Carnaval por la conciencia

Un carnaval, uno que fue por la conciencia

Edgar Aparicio

Cuando viajas generalmente sabes a donde te diriges, esperas, al menos, conocer el itinerario de tu próximo día. Lo tenía muy claro, me dirigía a una ciudad que no era del todo mía, y pese haber estado ahí por más de un año, se resistía a hacerme sentir en casa. No era la ciudad en sí lo que hacía confortable mis últimas estadías, eran las personas y los lazos que había creado en los últimos meses del último año lo que había creado en mí  una especie de adicción existencial. Era esta cosa extraña que no acabamos de definir, este grupo de personas que tanto insistían en llamarse mecanismo a quienes iba yo a ver.

Nunca puedes explicarle a alguien con palabras qué es esto, no al menos sin meditarlas y organizarlas mentalmente, si acaso porque uno nunca tiene papel y pluma a la mano cuando hace falta. Tampoco esperaba que mi madre comprendiera la urgencia de mi presencia en Guadalajara cuando justo acaba de regresar de allí, cuando estaba de vacaciones y cuando no era algo académico lo que precisaba mi estadía. Ingenuamente, al contrario, esperé que alguien me acompañara a un evento al que no podía resumir en palabras humanamente entendibles, entendibles en el sentido de que a quienes invitaba jamás habían pensado un poco más allá de sí mismos y de AMLO como único símbolo de todo lo contrario a lo plenamente establecido. Estaba perdido, este viaje lo tenía que emprender solo y así fue, justo como lo había ya comenzado y como siempre suelo hacer aquellas cosas que parecen sólo a mí interesarme.

No dudé, ni permití que la duda me hiciera el plantearme la conveniencia de mi viaje; tenía que ser firme con la insolente promesa que le hice a todos a los que creían que era sólo un berrinchito. Tenía que ser congruente con mis propios deseos.

Tan lejos como creía que estaba, el sol quema y La Ex-penal no parece ser aquello que su nombre dicta. Es imposible pensar que había más gente en el evento anterior, incluso más en el anterior al último; recuerdas entonces que siempre todos llegan tarde. Antes del medio día y mi cara ya está roja por el sol. Erik pide abrazos a los niños a cambio de regalarles un globo sin éxito, yo lo secundo y tampoco lo obtengo, sólo recibo una mirada desconfiada de los padres; estamos en los tiempos en que los abrazos son peligrosos. Hay mucho sol. Caras nuevas y grandes ausentes son siempre notables; todos parecemos esperar lo mejor de esto, quizás es lo que siempre nos ha caracterizado o quizás es la esperanza inherente a poner todo tu empeño en algo que tantos se empeñan en menospreciar. Que nos vamos y sólo puedo pensar en el sol que hace, en que mi mascara asfixia y que las consignas salen a cuentagotas.

Al llegar a San Juan de Dios  ya la energía se sentía en mis gritos, en los gritos de todos, se repetía en el megáfono y de vez en cuando daba atisbos de creatividad. ¿Será acaso el megáfono de los mil metros? Es curioso cómo puedes gritar tanto y no quedar ronco, son quizás las caras atentas que esperan lo mejor de ti, los rostros de las personas a las que no puedes fallarles y ante quienes debes sacar la consigna adecuada. Desconozco si el ciclista consciente se unió al contingente, o si el pueblo consciente lo hizo, la prueba definitiva sería en el transcurso de los días en la acampada. Tenían que ser ellos los que no nos representan y, por supuesto, aquellos los que chingan la nación, siempre lo son. Se siente bien mostrar tu cartulina y que los transeúntes y automovilistas la lean, a algunos les provoca una sonrisa y te da seguridad, y si eso no lo hace por completo, siempre puedes ponerte la máscara ícono del movimiento global, aquella que no venden en México, creo, y que explicas que te trajo tu tío de Los, es entonces cuando te sientes invencible. No menos invencibles eran los rostros cubiertos con paliacates rojos o las narices de payaso que iban a mi lado, todos, protegidos por Cristo y otros extraños personajes, éramos un bizarro ejército de concienciación, de dignidad rebelde, de indignados por mucho que a algunos les pique este término. Una vez más la invitación: ¡no nos mires, únete!

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